Orientación Sensitiva

Un escenario a oscuras, luces de sala encendidas, trasiegos entre bambalinas, idas y venidas de guiones incompletos, maquillajes desvestidos, vestuarios descoloridos, y camerinos llenos de hojas sueltas de unos guiones incompletos.

Todo esto es lo que se cuece en la cara B de cualquier secuencia, de cualquier escena, de cualquier obra o película, de cualquier parte de tu vida.

Desde el puesto de Dirección se escuchan conversaciones mezcladas de los espectadores hasta que la luz se va fundiendo poco a poco… hasta quedarse muda. Es entonces cuando el público se apaga.

Se apaga y se impacienta. Quieren ver la rendija que hace que se abra el telón y distinguir sobre las tablas una mesa vieja, una silla de mimbre, unos “panós” que simulan el interior de una casa y un magnífico ciclorama que hace las veces de Nueva York.

Unos focos, amarillos para las esquinas, azul americano para las ventanas y blanco pálido en los frontales hacen que el olor a cerrado del vestuario de los actores se meta por lo más profundo de tu cuerpo y acaricie cada rincón de la piel. Casi haciéndote recordar la primera vez que pisaste un teatro. Casi haciéndote olvidar que lo que estás viendo no es real.

Es la magia especial del espectáculo, de cada momento especial de la vida. Grandes artificios crean grandes momentos. Pequeños detalles, los magnifican.

El olor es uno de ellos.

 

Recuerdo cuando era piloto en las fuerzas especiales.

Una de nuestras grandes pruebas para entrar en el cuerpo era la “Orientación Sensitiva”.

Estábamos viviendo en unas casetas de madera, cerca de unos manglares en el sur de Nicaragua. Estuvimos allí cerca de 40 meses, y esta prueba, nos avisaron desde el primer día, podía llegar en cualquier momento. El día 1 o el día 1025. Llevábamos mil días, así que quedaba poco. Tan poco que sucedió aquella misma tarde.

Unos encapuchados armados con cobardía y la supervisión del Estado nos enfundaron pasamontañas abiertos únicamente por la boca y nos fueron sacando en barca de diez en diez. Tres grupos, el último de ellos sin completar. Estuvimos viajando con el pasamontañas seis días más. Dos trayectos en avión, uno en barco y el último en la parte de atrás de un coche.

Sufrimos el desapego de estar diez días a oscuras con olor a podrido en el cuarto donde nos dejaron. Dicen que ese es uno de los olores que hace borrar la memoria olfativa si convives con ello unos cuatro días. Con nosotros duplicaron la dosis más dos. Corríamos el riesgo de olvidar todo lo que habíamos olido en nuestras vidas. Y con ello sus recuerdos. Sus consecuencias.

 

El día que la puerta de aquel cuarto se abrió, nos quitaron de manera pacífica el pasamontañas y las mordazas, nos llevaron a un salón donde supuestamente no olía a nada, y sin mediar palabra, nos repartieron unas octavillas en las que ponía “Tenéis dos días”.

 

Nos daban de plazo la ridícula cifra de cuarenta y ocho horas para encontrarnos. Para saber dónde estábamos y dónde debíamos ir.

Evidentemente ninguno de nosotros sabía que hacer, ni buscar, ni siquiera qué preguntar.

Vagabundeando en un lugar sin señales, sin carteles, con gente contratada por el gobierno hablando en otro idioma a nuestro paso, sin nadie conocido y sin acceso a medios de comunicación. Esa era mi situación. Perdido en un lugar relativamente normal, pero perdido completamente.

Un día se me hizo como medio año, y el día que me quedaba tenía la pinta de convertirse en lo mismo.

 

Andando a marchas forzadas, a falta de tres horas para el plazo, algo me hizo levantar la cabeza del suelo. Seguía con el olor a podrido, casi a cadáver dentro de mi, pero me pareció robarle a la vida una pista. Una leve fragancia de esperanza hizo cambiar mi rumbo. Tenía que dar grandes bocanadas de aire para saborear el olor. Mi nariz seguía casi insensible, pero poco a poco empezaba a reaccionar. Poco a poco me empezaba a encontrar. Era un olor capaz de hacer que todos los pelos de mi cuerpo se erizaran, capaz de encoger mis puños, de cerrar mis ojos y vivir para oler y para seguir oliendo.

Empiezo a recordar cada momento al que me llevaba ese olor.

-“Es su olor… joder sí, es su olor”- me decía una y otra vez a mi mismo.

Efectivamente era su olor. Tu olor. El olor de las salidas de la ducha. El olor de los sábados por la mañana, el olor de las vueltas en la cama, de los viajes sin maleta, de las vidas de equipaje. De la nieve y de las olas.

 

La hora límite se acercaba amenazante.

 

Llegó la hora límite y no me presenté. ¿La razón?:

Al seguir la fragancia por la calle durante más de dos horas me encontré con el Olor en una parada de autobús. Me dijo lo siguiente:

-“Por suerte me has encontrado. Por desgracia este es mi autobús. He de irme.”

Y se fue.

 

El objetivo de la prueba lo había conseguido. Era tan fácil como presentarme. Me había encontrado a mi mismo. Había encontrado el lugar en el que estaba y en el que quería estar.

 

Pero sinceramente, no me puedo exponer a otra prueba de “Orientación Sensitiva” y arriesgarme a perder de nuevo el olfato. Todos tus olores. Todos mis recuerdos.

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