Estrella fugaz

Desde hace 100 años, todos los días y a la misma hora pasa un astro a velocidad de vértigo rozando la atmósfera terrestre exactamente en el mismo sitio y justo a la misma hora.

Los voluntarios de la primera Guerra Mundial fueron quienes lo descubrieron en sus largas noches de vigilia. Desde entonces han dejado constancia, día a día, de su saludo particular. El cuaderno de bitácora ha pasado de uno a otro sin distinción de medallas, rango o edad, hasta que hace escasos dos meses, el último de los veteranos del regimiento número 3, falleció.

Solo eran capaces de ver la estrella fugaz si se encontraban solos y en estado de plenitud, tanto con ellos como con el resto que les rodeaba. Felices.

Las condiciones en que cada uno de ellos fallecieron eran cuando menos raras pero todas parecidas. Aparecían siempre a la mañana siguiente, solos claro, con el cuaderno entre las piernas, meciéndose en su asiento del porche, y con media sonrisa.

Al caer el último poseedor del cuaderno de bitácora y no tener descendencia, la asociación de nacional de observación ha decidido anunciar la prestigiosa y gran tarea de cuidar y mantener al día ese cuaderno de bitácora.

Como no podía ser de otro modo, y para que esta historia no fuera una mierda, el cuaderno ha recaído sobre el abajo firmante.

Llevo dieciseis días sin apuntar nada.

Para mañana… para mañana dan cielos despejados. Para mañana anuncian buenos presentimientos.

Corolario: Me resisto a apuntar cada día la hora y el minuto de tu hola y tu adiós, no vaya a ser que sea la última vez que lo vea.

El arriba escribiente.

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¿Corres?

El verano iba más o menos por su mes de abril y corrían por la calle unos treinta y ocho grados. Todos en fila. Ni frío ni calor.

A las diez de la mañana no hay un alma por la calle, o no hay un alma buena, como solía decir mi abuela, ya que todo alma tranquila, a esas horas y en verano, debería estar trabajando o durmiendo.

El portal 3 de la calle Desengaño se abrió de golpe. Salió, demasiado temprano para su gusto, Santi. Diez años.

SANTI: Moreno. Quinto de Primaria. Actualmente estudiando para septiembre. Estado actual, enfadado y dormido. Va a clases de apoyo de matemáticas a la academia de su barrio, Malasaña. O como ya se la conoce entre sus amigos: “Putacademia”

A  la pregunta: ¿Dónde vas tan temprano Santi?, él suele responder: Na, a la Putacademia.

Llega algo tarde a su clase de apoyo. Es un esfuerzo que se debe pagar, según su madre, por haber estado el resto del año “pelando la pava”. Pringar con clases en verano.

El infierno dura hora y media. Luego: Libertad. La libertad que te permite el verano y los amigos que puedas tener o te puedan quedar en estas fechas de “Benidorismo”, “Pueblitis” y otras muchas enfermedades veraniegas que hacen de las ciudades lugares mansos, quietos, practicables.

Todas las mañanas, de lunes a viernes, Santi va a la Putacademia y al salir, a eso de las 11.45 queda con Mario. 11 años.

MARIO: Castaño. Quinto de Primaria. Estrenando los once años con calor. Cumple los años en Julio. No pudo, ni puede, ni podrá repartir nunca chuches en su clase. Estado actual, “enunanube”. Aprobó todas por los pelos. Se libró de la Putacademia.

“Nacer en verano mola tío, estás de vacas”, les dice Mario a todos sus detractores.

Son muy amigos, aunque como en toda relación, uno siempre es más amigo que otro. En este caso, se turnan. Normalmente, y como suele pasar a esas edades, cuando a uno le apetece mucho ser amigo, el otro miembro del binomio está poco receptivo, y vicerversa. Esto no es más que un entrenamiento para el futuro.

De todos modos son bastante amigos. Hasta el punto que ambos se han quedado a dormir en casa del otro. Incluso Mario ha llegado a ir al pueblo de Santi. Villalba. Todo un fin de semana. “Increíblemacho” era la palabra más sonada a la vuelta de Villalba en los pasillos de cole. La cara de envidia del resto, os la podéis imaginar.

La pareja está tramando algo para este verano. La terrible desolación que sufren calles y mercados, está dejando volar su imaginación. Empiezan a juguetear con los robos frágiles, torpes, manazas, patosos y ridículos. “Pues Antúnez le robó tres chicles al chino”. Ese acto, ocurrido en Mayo, desató la epidemia. Hasta ahora, el mayor alijo ha sido: 3 chicles, unos pelotazos, cuatro gelatinas, y en un increíble golpe maestro, un pica-pica de tarrina. Por supuesto, Santi y Mario se han marcado un objetivo: Subir el listón. Cambiar el emplazamiento. Aumentar su Plantilla.

Llevaban días localizando un Kiosco. El Kiosco. Y ya ha sido señalado. Solo queda aumentar su plantilla. Necesitan uno más.

El objetivo: Un paquete de chicles, un kinder, y una revista guarra en un acto de valentía.

“Macho, nos van a pillar” dijo Mario

“Yo ya tengo el verano perdido. A mi me da igual” dijo Santi

“¿Y a quién se lo decimos?” Mario preguntó

Después de esta pregunta, ambos se miraron y pensaron en lo mismo. En los próximos días, el primo de Antúnez llegaba del pueblo a pasar unos días porque sus padres eran temporeros y tenían que ir a Marruecos a recoger no sé qué. Era el aliado perfecto. No era conocido en el barrio, y solo iba a estar en Madrid unos días, porque luego se iba toda la familia de Antúnez al pueblo.

Estaba todo minuciosamente diseñado. “A” distrae al Kiosquero, “B” lleva a cabo el crimen, y “C” esperaba en la calle de al lado para recibir la mercancía y correr como si le llevase el alma el mismísimo diablo.

En el casting de “C”, ya que estaba claro que el trabajo fino lo hacían Mario y Sergio, era imprescindible la carrera veloz como modo de vida. Tan solo se presentó de manera obligada el primo de Antúnez.

Después de que las presentaciones fueran hechas:

“Este es mi primo”

“Hola”

“Hola”

“Hola”

“Hola”

Siguió la conversación. “Na tío, he ido a la putacademia y luego tengo que ir a cuidar a mis abuelos con mi madre”.

No querían decirle nada de nada al primo de Antúnez, ni a él mismo, para que todo fuera espontáneo, rápido, improvisado y adrenalínicamente perfecto.

“¿Qué vamos a hacer esta tarde?” Preguntó el primo de Antúnez

Santi contestó: “¿Corres?”

Primodeantúnez: “¿Qué?”

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Mahalo nui loa

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¿Qué día es hoy?

-¿Estáis despiertos?- dijo la pequeña Jimena entre susurros.

Al ver que ni su padre ni su madre contestaban, lo volvió a intentar, alzando un poco la voz.

-¡¿Estáis despiertos?!

-…

Como seguía sin respuesta, decidió valiente un último intento, subiendo el volumen e incluyendo un pequeño meneo a la cama donde sus padres dormían desde hacía seis horas.

-¿!¿!Estáis despiertos?!?!

-¡¡Mierda, el despertador!! ¡¡Nos hemos dormido nena!! – dijo Carlos levantándose de un salto de la cama. – ¡¡Vamos Laura!!- Le gritó a su mujer que apenas bostezaba del susto.

Jimena miraba la extraña reacción de sus padres. Ambos estaban completamente fuera de sí debido al susto que les había regalado su hija aquella mañana.

-Pero bueno, y tú ¿qué haces aquí?- Dijo Carlos vistiéndose a toda prisa. -¡Corre que no llegamos al cole!

Carlos le dio una palmada en el culo a su hija para intentar contagiarle su prisa.

-¡Pero papá!

-Luego me lo cuentas cariño. ¡Ahora, a la ducha!

-Carlos…- empezó a decir Laura

-Venga Jimena, sal de ahí y a la ducha- dijo Carlos a su hija

-Carlos…- Laura seguía intentando llamar la atención de su marido.

-¡Papá!- La pequeña se sumó a su madre mientras las dos veían a Carlos ir directo hacia la puerta de la casa.

-¡Carlos!- Tercer intento de Laura, y Carlos seguía con un ritmo frenético, bailando con las prisas sobre la tarima del piso.

-¡Me voy chicas! ¡No llegues tarde Jimena!- Como si no hubiera escuchado nada, se despidió desde la entrada de la casa de sus dos chicas y cerró la puerta por fuera.

Tanto Jimena como su Madre se miraron y esperaron en silencio mientras el ascensor bajaba con Carlos, sonando como un retortijón por las tripas del edificio.

-¿Mamá? Porq…- Jimena intentó hablar pero en seguida le cortó su madre.

-Espera cariño, le doy un minuto. Confía en mi.

Tras un interminable minuto en silencio, el edificio se volvía a quejar del estómago y aterrizaba de nuevo en el rellano del sexto piso. Del suyo.

Se abrió la puerta de la casa, y un portazo precedió a unos pasos angustiosos acompañados por unas risas inocentonas al final del pasillo, en la habitación donde estaban las chicas. La sombra de aquel hombre que había entrado en la casa sin tan siquiera saludar se acercaba cada vez más, hasta quedarse parado debajo del quicio de la puerta. Era Carlos.

-¿Es domingo verdad?

Laura y Jimena, arropadas y muy juntas explotaron en una carcajada común mientras Carlos se iba desvistiendo poco a poco y contagiando algo de las risas que recorrían la habitación.

-¡Siempre me pasa lo mismo!- dijo Carlos mientras se metía de nuevo en la cama.

-Te lo hemos intentando decir, pero…-Le recriminó Laura.

Era pleno Diciembre, y ya empezaban a caer los primeros copos de nieve.

En los capós de los coches se podía intuir arañazos de guantes de nieve y robos a traición del abrigo de nieve que había dejado la gélida noche anterior a todos los utilitarios del vecindario. Los ladrones de nieve solían tener entre ocho y catorce años. Armados con diez dedos, dispuestos a provocar la pulmonía más radical en cualquiera de sus compañeros a costa de una victoria en la primera batalla del invierno. A costa de unas carcajadas en clase de mates. Pero la venganza se sirve fría en los recreos. Nadie sale impune en una guerra bajo cero. Nadie duerme tranquilo un Lunes por la mañana.

-¿Has dicho Lunes?- Laura, que había perdido el sueño mientras su familia había caído en el más profundo sueño, le dijo al narrador.

-¿Perdón?- Dijo el narrador, es decir, dije yo.

-No, que con el susto de mi marido me he desvelado, y me había quedado escuchando tu postal navideña. Pero  al oírte decir “Nadie duerme tranquilo un Lunes por la mañana”, pues me he asustado. Porque… hoy es Domingo ¿verdad?

-No no, si no, ¿por qué iban a estar los niños a las siete y media de la mañana en la calle un domingo? Y si no, ¿por qué iba a estar vuestra hija despierta?- Le dije, cargado de razón.

Los ojos de Laura empezaron a escalar en diagonal, intentando buscar una explicación a lo que yo le estaba diciendo, cuando miró su reloj: 07.50 a.m. Y en la ventana del reloj, con vistas al día: LUN.

Y entre susurros y mirando al infinito se dijo a si misma:

-Lunes…

De repente, abrió los ojos tanto que se le podían haber dado la vuelta y dijo gritando:

-¡Joder Carlos, que sí! ¡Qué es Lunes!

Laura empezó a vestirse encima del pijama. Se tuvo que volver a desvestir, quitarse el pijama, lavarse muy rápido la cara, poner la cafetera, subir las persianas de su habitación, arrear a Carlos y Jimena, hacer su parte de la cama, echar su ropa interior a lavar, desconectar el despertador que ese día les había traicionado y de nuevo hacer escala en la cocina para beber un trago de café mientras decía gritando:

-¡CARLOS!

Carlos se levantó de otro salto. Dos en el mismo día es riesgo cardiaco.

Levantó a Jimena, hizo su mitad de la cama, volvió a ponerse la ropa que se había puesto antes, se lavó los dientes a toda prisa, se fue a echar colonia, y el bote se rompió en mil pedazos en el suelo.

-Mierda…

Lo recogieron entre Laura y Carlos, quejándose los dos por lo mal que olía un exceso de veneno perfumador y de repente, unos pies del 28 se detuvieron en la puerta del baño.

La pareja levantó la cabeza y dijeron al unísono:

-¡Jimena que no llegas, a la ducha!

Con la más absoluta tranquilidad, los pies descalzos acompañados por un cuerpo de diez años, dijeron con la mayor de las sabidurías.

-Mamá, Papá, ¿Sabéis qué día es hoy?

-Pero hija, ¡claro!, es Lunes y ¡¡llegamos tarde los tres!!

Jimena empezo a reir y les dijo:

-¿Sabéis por qué hay tanto niño en la calle y tan pronto?

-Porque hay que ir al cole- Dijo Carlos

-¡Jajaja! ¡En Navidad no hay cole papá!

-Laura, ¿qué día es hoy?, y esta vez no me jodas por Dios- Dijo Carlos cariñoso.

-Veinticinco Carlos, hoy es Veinticinco.

 

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¡Aquí no pasarán!

Tú y yo somos dos tanguitos
al antojo de Gardel,
dos prisiones sin cerrojo,
una torre de Babel.

Tú y yo somos asonantes.
Consonantes sin rimar.
Católicos Protestantes,
aunque sea por protestar.

Tú y yo, somos dos monedas
acuñadas sin sellar.
Un soneto sin tercetos,
el capricho de papá.

Tú y yo somos un nosotros,
un tal vez, un: ¡ya se irán!
Un ejército sin rojos.
Un: ¡Aquí no pasarán!

A Madrid.

Corolario:
¡Maldito seas Colón por querernos señalar!
¡Maldita seas Atocha, por dejarte apuñalar!

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Orientación Sensitiva

Un escenario a oscuras, luces de sala encendidas, trasiegos entre bambalinas, idas y venidas de guiones incompletos, maquillajes desvestidos, vestuarios descoloridos, y camerinos llenos de hojas sueltas de unos guiones incompletos.

Todo esto es lo que se cuece en la cara B de cualquier secuencia, de cualquier escena, de cualquier obra o película, de cualquier parte de tu vida.

Desde el puesto de Dirección se escuchan conversaciones mezcladas de los espectadores hasta que la luz se va fundiendo poco a poco… hasta quedarse muda. Es entonces cuando el público se apaga.

Se apaga y se impacienta. Quieren ver la rendija que hace que se abra el telón y distinguir sobre las tablas una mesa vieja, una silla de mimbre, unos “panós” que simulan el interior de una casa y un magnífico ciclorama que hace las veces de Nueva York.

Unos focos, amarillos para las esquinas, azul americano para las ventanas y blanco pálido en los frontales hacen que el olor a cerrado del vestuario de los actores se meta por lo más profundo de tu cuerpo y acaricie cada rincón de la piel. Casi haciéndote recordar la primera vez que pisaste un teatro. Casi haciéndote olvidar que lo que estás viendo no es real.

Es la magia especial del espectáculo, de cada momento especial de la vida. Grandes artificios crean grandes momentos. Pequeños detalles, los magnifican.

El olor es uno de ellos.

 

Recuerdo cuando era piloto en las fuerzas especiales.

Una de nuestras grandes pruebas para entrar en el cuerpo era la “Orientación Sensitiva”.

Estábamos viviendo en unas casetas de madera, cerca de unos manglares en el sur de Nicaragua. Estuvimos allí cerca de 40 meses, y esta prueba, nos avisaron desde el primer día, podía llegar en cualquier momento. El día 1 o el día 1025. Llevábamos mil días, así que quedaba poco. Tan poco que sucedió aquella misma tarde.

Unos encapuchados armados con cobardía y la supervisión del Estado nos enfundaron pasamontañas abiertos únicamente por la boca y nos fueron sacando en barca de diez en diez. Tres grupos, el último de ellos sin completar. Estuvimos viajando con el pasamontañas seis días más. Dos trayectos en avión, uno en barco y el último en la parte de atrás de un coche.

Sufrimos el desapego de estar diez días a oscuras con olor a podrido en el cuarto donde nos dejaron. Dicen que ese es uno de los olores que hace borrar la memoria olfativa si convives con ello unos cuatro días. Con nosotros duplicaron la dosis más dos. Corríamos el riesgo de olvidar todo lo que habíamos olido en nuestras vidas. Y con ello sus recuerdos. Sus consecuencias.

 

El día que la puerta de aquel cuarto se abrió, nos quitaron de manera pacífica el pasamontañas y las mordazas, nos llevaron a un salón donde supuestamente no olía a nada, y sin mediar palabra, nos repartieron unas octavillas en las que ponía “Tenéis dos días”.

 

Nos daban de plazo la ridícula cifra de cuarenta y ocho horas para encontrarnos. Para saber dónde estábamos y dónde debíamos ir.

Evidentemente ninguno de nosotros sabía que hacer, ni buscar, ni siquiera qué preguntar.

Vagabundeando en un lugar sin señales, sin carteles, con gente contratada por el gobierno hablando en otro idioma a nuestro paso, sin nadie conocido y sin acceso a medios de comunicación. Esa era mi situación. Perdido en un lugar relativamente normal, pero perdido completamente.

Un día se me hizo como medio año, y el día que me quedaba tenía la pinta de convertirse en lo mismo.

 

Andando a marchas forzadas, a falta de tres horas para el plazo, algo me hizo levantar la cabeza del suelo. Seguía con el olor a podrido, casi a cadáver dentro de mi, pero me pareció robarle a la vida una pista. Una leve fragancia de esperanza hizo cambiar mi rumbo. Tenía que dar grandes bocanadas de aire para saborear el olor. Mi nariz seguía casi insensible, pero poco a poco empezaba a reaccionar. Poco a poco me empezaba a encontrar. Era un olor capaz de hacer que todos los pelos de mi cuerpo se erizaran, capaz de encoger mis puños, de cerrar mis ojos y vivir para oler y para seguir oliendo.

Empiezo a recordar cada momento al que me llevaba ese olor.

-“Es su olor… joder sí, es su olor”- me decía una y otra vez a mi mismo.

Efectivamente era su olor. Tu olor. El olor de las salidas de la ducha. El olor de los sábados por la mañana, el olor de las vueltas en la cama, de los viajes sin maleta, de las vidas de equipaje. De la nieve y de las olas.

 

La hora límite se acercaba amenazante.

 

Llegó la hora límite y no me presenté. ¿La razón?:

Al seguir la fragancia por la calle durante más de dos horas me encontré con el Olor en una parada de autobús. Me dijo lo siguiente:

-“Por suerte me has encontrado. Por desgracia este es mi autobús. He de irme.”

Y se fue.

 

El objetivo de la prueba lo había conseguido. Era tan fácil como presentarme. Me había encontrado a mi mismo. Había encontrado el lugar en el que estaba y en el que quería estar.

 

Pero sinceramente, no me puedo exponer a otra prueba de “Orientación Sensitiva” y arriesgarme a perder de nuevo el olfato. Todos tus olores. Todos mis recuerdos.

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Acordes de esperanza

Han tenido la buena o la mala suerte de conocerse de esa manera.

Él, alma libre y solitaria, capaz de conocerse a si mismo a través del miedo. Cuando suspira, suele acertar. Si se acaricia la barba, va a decir algo que no va a gustar, si se quita las gafas, te gustará. Si mezcla ambas, probablemente acabes en algún sitio a 300 kilómetros de aquí. Lleva siempre las zapatillas atadas a un solo nudo. No quiere lazos ni para los cordones. Atractivamente “desapuesto”, antihéroe con altas dosis de valentía y muchos baños recorridos a lo largo de la noche. Y digo de LA NOCHE porque para él solo hay una.

Ella es el sexo personificado. Todo se regula en su cintura. En los evangelios ya la conocían. 2.000 a.C. (Dos mil años Antes de su Cintura). Ruge como una Telecaster y es delicada como una Steel. Hay aglomeración de nidos en el árbol que hay junto a su ventana. Los pájaros pernoctan. Pasan sus noches de vigilia especulando acerca de cómo debe ser andar, disfrutar del suelo, correr. Hablan de un tal Da Vinci de los pájaros que se está animando a intentarlo inventando mil artilugios.  El Sol regula su salida según el despertar de nuestra protagonista. La Luna a roto a llorar. A pesar de salir todas las noches, sabe que nunca la podrá tener. “Peor para la Luna” (in memoriam). Si Ella se acaricia el pelo imagina estar en las antípodas con jersey de cuello vuelto, sentada frente a una magnífica rompiente de mar de fondo. Si escoge las sandalias negras, invítala a bailar. Si se rasca el brazo derecho, quiere comerte. Si se rasca el izquierdo, es que le pica de verdad.

Ambos deciden conocerse de manera involuntaria, a través de un tercero en discordia y en desacuerdo. ¿Motivo? El novio de ella. Conflicto. Pasión. Estrofa, Puente y Estribillo. A la sombra de las verdades saben que la pulcritud de ella junto con la falta de paciencia de él son incompatibles. Tan solo piden que por un minuto el mundo entero apague la luz.

Tan solo quieren que vibre Japón. Que arda Nueva York. Que se seque Venecia y que los gritos se oigan en el más lejano punto que está en nuestra espalda, después de haber recorrido el mundo entero. Nuestra espalda es el punto más lejano que jamás podremos ver.

 

Un acorde mayor con uno semidisminuido. Uno detrás de otro. Otro detrás de uno. ¿En qué escala? Lo que quieren es olvidar las armaduras, los compases, los pentagramas, las claves y figuras y que el mundo, después de apagarse, se ponga en silencio. Que tan solo lo rompa un piano a velocidad de vértigo que marque la aceleración de los besos. La duración de la oscuridad.

El tempo lo prometen sus corazones. Se juran tempo eterno, aunque sólo sea en un minuto. Aunque sólo sea por hoy.

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