-¿Estáis despiertos?- dijo la pequeña Jimena entre susurros.
Al ver que ni su padre ni su madre contestaban, lo volvió a intentar, alzando un poco la voz.
-¡¿Estáis despiertos?!
-…
Como seguía sin respuesta, decidió valiente un último intento, subiendo el volumen e incluyendo un pequeño meneo a la cama donde sus padres dormían desde hacía seis horas.
-¿!¿!Estáis despiertos?!?!
-¡¡Mierda, el despertador!! ¡¡Nos hemos dormido nena!! – dijo Carlos levantándose de un salto de la cama. – ¡¡Vamos Laura!!- Le gritó a su mujer que apenas bostezaba del susto.
Jimena miraba la extraña reacción de sus padres. Ambos estaban completamente fuera de sí debido al susto que les había regalado su hija aquella mañana.
-Pero bueno, y tú ¿qué haces aquí?- Dijo Carlos vistiéndose a toda prisa. -¡Corre que no llegamos al cole!
Carlos le dio una palmada en el culo a su hija para intentar contagiarle su prisa.
-¡Pero papá!
-Luego me lo cuentas cariño. ¡Ahora, a la ducha!
-Carlos…- empezó a decir Laura
-Venga Jimena, sal de ahí y a la ducha- dijo Carlos a su hija
-Carlos…- Laura seguía intentando llamar la atención de su marido.
-¡Papá!- La pequeña se sumó a su madre mientras las dos veían a Carlos ir directo hacia la puerta de la casa.
-¡Carlos!- Tercer intento de Laura, y Carlos seguía con un ritmo frenético, bailando con las prisas sobre la tarima del piso.
-¡Me voy chicas! ¡No llegues tarde Jimena!- Como si no hubiera escuchado nada, se despidió desde la entrada de la casa de sus dos chicas y cerró la puerta por fuera.
Tanto Jimena como su Madre se miraron y esperaron en silencio mientras el ascensor bajaba con Carlos, sonando como un retortijón por las tripas del edificio.
-¿Mamá? Porq…- Jimena intentó hablar pero en seguida le cortó su madre.
-Espera cariño, le doy un minuto. Confía en mi.
Tras un interminable minuto en silencio, el edificio se volvía a quejar del estómago y aterrizaba de nuevo en el rellano del sexto piso. Del suyo.
Se abrió la puerta de la casa, y un portazo precedió a unos pasos angustiosos acompañados por unas risas inocentonas al final del pasillo, en la habitación donde estaban las chicas. La sombra de aquel hombre que había entrado en la casa sin tan siquiera saludar se acercaba cada vez más, hasta quedarse parado debajo del quicio de la puerta. Era Carlos.
-¿Es domingo verdad?
Laura y Jimena, arropadas y muy juntas explotaron en una carcajada común mientras Carlos se iba desvistiendo poco a poco y contagiando algo de las risas que recorrían la habitación.
-¡Siempre me pasa lo mismo!- dijo Carlos mientras se metía de nuevo en la cama.
-Te lo hemos intentando decir, pero…-Le recriminó Laura.
Era pleno Diciembre, y ya empezaban a caer los primeros copos de nieve.
En los capós de los coches se podía intuir arañazos de guantes de nieve y robos a traición del abrigo de nieve que había dejado la gélida noche anterior a todos los utilitarios del vecindario. Los ladrones de nieve solían tener entre ocho y catorce años. Armados con diez dedos, dispuestos a provocar la pulmonía más radical en cualquiera de sus compañeros a costa de una victoria en la primera batalla del invierno. A costa de unas carcajadas en clase de mates. Pero la venganza se sirve fría en los recreos. Nadie sale impune en una guerra bajo cero. Nadie duerme tranquilo un Lunes por la mañana.
-¿Has dicho Lunes?- Laura, que había perdido el sueño mientras su familia había caído en el más profundo sueño, le dijo al narrador.
-¿Perdón?- Dijo el narrador, es decir, dije yo.
-No, que con el susto de mi marido me he desvelado, y me había quedado escuchando tu postal navideña. Pero al oírte decir “Nadie duerme tranquilo un Lunes por la mañana”, pues me he asustado. Porque… hoy es Domingo ¿verdad?
-No no, si no, ¿por qué iban a estar los niños a las siete y media de la mañana en la calle un domingo? Y si no, ¿por qué iba a estar vuestra hija despierta?- Le dije, cargado de razón.
Los ojos de Laura empezaron a escalar en diagonal, intentando buscar una explicación a lo que yo le estaba diciendo, cuando miró su reloj: 07.50 a.m. Y en la ventana del reloj, con vistas al día: LUN.
Y entre susurros y mirando al infinito se dijo a si misma:
-Lunes…
De repente, abrió los ojos tanto que se le podían haber dado la vuelta y dijo gritando:
-¡Joder Carlos, que sí! ¡Qué es Lunes!
Laura empezó a vestirse encima del pijama. Se tuvo que volver a desvestir, quitarse el pijama, lavarse muy rápido la cara, poner la cafetera, subir las persianas de su habitación, arrear a Carlos y Jimena, hacer su parte de la cama, echar su ropa interior a lavar, desconectar el despertador que ese día les había traicionado y de nuevo hacer escala en la cocina para beber un trago de café mientras decía gritando:
-¡CARLOS!
Carlos se levantó de otro salto. Dos en el mismo día es riesgo cardiaco.
Levantó a Jimena, hizo su mitad de la cama, volvió a ponerse la ropa que se había puesto antes, se lavó los dientes a toda prisa, se fue a echar colonia, y el bote se rompió en mil pedazos en el suelo.
-Mierda…
Lo recogieron entre Laura y Carlos, quejándose los dos por lo mal que olía un exceso de veneno perfumador y de repente, unos pies del 28 se detuvieron en la puerta del baño.
La pareja levantó la cabeza y dijeron al unísono:
-¡Jimena que no llegas, a la ducha!
Con la más absoluta tranquilidad, los pies descalzos acompañados por un cuerpo de diez años, dijeron con la mayor de las sabidurías.
-Mamá, Papá, ¿Sabéis qué día es hoy?
-Pero hija, ¡claro!, es Lunes y ¡¡llegamos tarde los tres!!
Jimena empezo a reir y les dijo:
-¿Sabéis por qué hay tanto niño en la calle y tan pronto?
-Porque hay que ir al cole- Dijo Carlos
-¡Jajaja! ¡En Navidad no hay cole papá!
-Laura, ¿qué día es hoy?, y esta vez no me jodas por Dios- Dijo Carlos cariñoso.
-Veinticinco Carlos, hoy es Veinticinco.